1).------------ ESTUDIANDO NUESTRA HISTORIA:
1-3).---------- GUERRA Y CULTURA: ¿GUERRA ENTRE CULTURAS?
La guerra carlista de 1832-36 tuvo el innegable efecto de avivar las preocupaciones por el euskara. No es éste un efecto sorprendente y extraño en la historia europea. Malestar popular, reivindicaciones lingüístico-culturales y tensiones prebélicas y bélicas, han sido tres componentes estructurales, entre otros más, aceleradores de las complejas dinámicas sociales que desembocan en los procesos de construcción e independencia nacional o de destrucción y extinción nacional. La existencia de una clase social o mejor, de un bloque popular hegemonizado por una clase dirigente en su interior, con un criterio estratégico objetivo preciso y una voluntad subjetiva clara por conseguirlo, este colectivo que forma un cuarto componente estructural, es decisivo para el futuro del proceso, para su victoria o derrota. Y en Euskal Herria, se daban los cuatro componentes a comienzos del siglo XIX.
Un ejemplo concluyente de este proceso de recuperación es el pedagogo Pascual de Iturriaga, que denuncia con tesis muy actuales los terribles efectos que sufre los l@s niñ@s que aprenden una primera lengua materna, el euskara, y son luego obligados a estudiar en otra lengua extraña, el castellano. La innovadora pedagogía de este investigador, militante activo del euskara en su época, fue duramente atacada por los maestros que imponían el castellano. Sin embargo, no estaba solo pues encabezaba un proceso ya imparable aunque lento, que dio un paso básico al aparecer en 1842 el libro de Pascual de Iturriaga.
Precisamente ese año fue también clave porque alertó a muchos sectores que habían participado en el bando carlista al clausurarse definitivamente la Universidad de Oñati por el decreto del 13 de septiembre de 1842. La pequeña burguesía rural y los jauntxos que se habían debilitado mucho económicamente durante la guerra carlista, y que al perderla quedaron aún más débiles ante la arrogancia de la burguesía urbana, vieron cómo se incrementaban los gastos de la educación de sus hijos en universidades tan lejanas como Zaragoza, Salamanca, Valladolid y otras. Pasaron los años y en mayo de 1867 apareció el proyecto de Universidad Vasco-Navarra para los cuatro herrialdes, sita en Iruñea, cuyo ayuntamiento ofreció tres millones de reales y amplios terrenos. Pero el proyecto se fue al traste con los avatares políticos de septiembre de 1868. Pero en agosto de 1869 el proyecto de una Universidad Vasca renació cambiando de capital: se transladó a Gasteiz.
Desde antes, la férrea lógica centralizadora del Estado español intentaba abortar el proyecto vasco al impedir en abril de 1870 que las universidades libres dieran grados y titulación académica. La incipiente Universidad Vasca de Gasteiz se negó a cumplir la orden madrileña y funcionó hasta 1872, cerrándose al comienzo de la segunda guerra carlista. Por su parte, las Juntas Generales de Bizkaia decretaron en 1870 la creación de una Universidad del herrialde con capacidad para graduar, decisión que fue muy duramente contestada por Madrid llegando a destituir por esa razón al Diputado General de Bizkaia. Como respuesta vasca, ya en plena guerra carlista de 1872-76, se reabrió oficialmente la Universidad de Oñati. Sin embargo, seguía siendo un sistema educativo para la minoría rica del País: en 1875 de los 186.000 habitantes de Bizkaia, 125.500 eran analfabetos y abrumadoramente euskaldunes.
En Iparralde otra guerra también perdida, pero ahora extranjera al ser un conflicto interimperialista entre las burguesías francesa y alemana, acarreó funestas consecuencias para la identidad vasca. En 1870 existían los antagonismos interimperialistas suficientes y las nuevas tecnologías de comunicación -el telégrafo- como para que Napoleón III se creyera una trampa provocadora de los servicios secretos alemanes, y declarara la guerra a ese Estado. Tras la fulgurante derrota, los expertos de París concluyeron que una de las causas del estrepitoso fracaso era la innegable superioridad del sistema educativo alemán, caracterizado por un riguroso adoctrinamiento pangermanista y militarista, prusiano, y por una buena formación tecnocientífica en química, metalurgia y mecánica. Ese sistema, aun no siendo todopoderoso en su capacidad de adoctrinamiento, como se demostraría más tarde al necesitar el capitalismo alemán de la larga dictadura de 1878-1890 para debilitar y atemorizar al movimiento obrero durante varias décadas, sí había permitido en 1850-70 un gran esfuerzo industrial que, para finales del siglo XIX, superaría incluso a la Gran Bretaña. El pedadogo Jules Ferry adaptó a las necesidades francesas el sistema alemán y fue masivamente aplicado contra Iparralde, Bretaña, Córsica, Occitania, territorios de ultramar y contra las masas francesas.
La pérdida de la segunda guerra carlista, al igual que como sucedió con la primera, y con 1870 en Iparralde, reavivó la preocupación por el euskara en muchos sectores, cada vez más debilitado ante la apabullante invasión castellana. Autores como Arturo Kanpión y otros denunciaron firmemente las agresiones al euskara en Ituren y Busturia, en donde los maestros, con el permiso municipal, castigaban muy duramente a los alumnos que hablaban euskera, o como en Eibar, en donde los obreros reivindicaban la existencia de una prensa vasca para poder expresarse porque desconocían el castellano. Por su parte, la Unión Vasco Navarra lanzó una campaña contra la represión lingüística en la educación, siguiendo un criterio muy parecido al de la pedagogía de Pascual de Iturriaga. Estos colectivos euskaltzales conocían de sobra la estrategia española de exterminio lingüístico pues el propio Cánovas la expuso públicamente en 1880: ejército de ocupación permanente, obligación de tod@s l@s vasc@s de aprender castellano y obligación de todos los sacerdotes de usar el castellano en púlpitos y sermones.
Las tres propuestas de Cánovas eran totalmente coherentes con la lógica imperialista del Estado y con su necesidad estratégica de acabar con las naciones que no se resignaban a desaparecer pese a las derrotas militares y a sus tremendos costos. El ejército de ocupación era la piedra angular que sustentaba la bóveda entera. Sin ella, sin la ocupación militar, la entera arquitectura se hundiría más temprano que tarde. ¿Y cómo se podría imponer la castellanización sin la amenaza de la violencia estatal, o sin su práctica concreta en forma de castigo? La obligatoriedad del castellano era imposible sin el respaldo de la máquina estatal impuesta tras las guerras carlistas y reforzada posteriormente. Desde el cartero hasta el juez, pasando por el maestro y el funcionario de cualquier ministerio, semejante aparato desnacionalizador necesitaba en última instancia de la acción de la violencia militar para hacerse valer, para imponerse. ¿Pero qué función tenían entonces los sermones en castellano de curas y frailes? Pues la de destruir las profundas raíces del saber y de la cultura oral euskaldun monolingue de las masas campesinas vascas que tan denodadamente habían resistido con las armas en la mano durante dos sangrientas guerras a un ejército español muy superior gracias al apoyo internacional.
La destrucción de ese complejo oral lingüistico-cultural era un objetivo prioritario desde hacía siglos, pero la pervivencia del Antiguo Régimen, con todas sus deficiencias pero con todo el apoyo popular, había logrado defender mal que bien hasta el último cuarto del siglo XIX en Hegoalde.
La Iglesia tenía una especial influencia entre las masas no sólo por la efectividad de la alienación religiosa, sino también por su comportamiento mayoritario durante las guerras carlistas. Ese prestigio era conocido en Madrid y Cánovas quería volverlo contra la identidad vasca tal cual se expresaba en aquella época. Obligar a las masas campesinas a escuchar los sermones en castellano era minar por dentro el complejo oral referencial e identitario que durante milenios había constituído el núcleo de la conciencia productiva vasca.